Cada vez que veo a una mujer con su recién nacido, se me vienen recuerdos de un montón de sensaciones y experiencias vividas: Veo al niño y me da alegría, ternura, recupero mágicamente la fe en la humanidad, se ve tan inocente, tan angelical, tan chiquito y con tantas necesidades… Y al mismo tiempo, veo a la madre, me fijo en ella y sin necesidad de intercambiar palabras, la noto desarmada, triste y feliz, lo se ¡No se entiende! Preocupada, cansada, vulnerable y fuerte. ¡Cuánta contradicción!

Y me recuerdo, así, sin poses, a veces de pijama en pijama, removiendo todo lo que creí ser para volver a reconstruirme, más segura, más franca conmigo misma, más humana, menos, mucho menos perfecta y COMPLETA.

Son casi nueve años desde mi primer puerperio y casi seis desde el segundo, y cuan intenso habrá sido que solo al verlos, mis sentimientos están a flor de piel…

Y claro, cuando se tiene apoyo, hay más espacio para la reflexión, para el aprendizaje y el goce, este proceso, lleno de luz pero también de sombras, fluye… Y aún así, el puerperio no deja de ser ese túnel oscuro que te lleva a un lugar donde finalmente te encuentras con tu humanidad, con esa esencia olvidada, con ese instinto casi borrado, sin corazas, solo tú y ese amor incondicional por tus crías, por la mujer nueva que eres ahora y también por la niña que fuiste antes.

Y no, no dura 40 días, dura el tiempo que tenga que durar…

Gabriela Pareja